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El mundo al revés: Influencers tech alegan censura tras demanda de Motorola por reseñas falsas

Se pasaron.

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Hace unos días les contamos sobre la noticia tech que ha provocado un verdadero terremoto en YouTube, TikTok e Instagram, todo por la decisión de Motorola de demandar a más de 300 influencers de tecnología con el objetivo de poner fin a las reseñas falsas pagadas y a las campañas de desprestigio orquestadas bajo la mesa.

El movimiento de la compañía es histórico y necesario, pero lo verdaderamente surrealista ha sido la respuesta de los "ofendidos" ya que lejos de hacer un mea culpa o transparentar sus modelos de negocio, una ola de creadores de contenido ha salido a criticar duramente a Motorola. ¿Su argumento? Que la demanda coarta la "libertad de expresión", atenta contra la "democracia digital" y constituye un acto puro y duro de "censura" porque lo que busca la acción judicial es que solo se hable bien de los equipos. Sí, leíste bien. El mundo al revés.

Resulta una locura total, por no decir un insulto a la inteligencia, que quienes basan su modelo de ingresos en cobrarle a las marcas hablen de libertad de expresión. La realidad es cruda pero innegable y las marcas les pagan por (casi) todo lo que hacen, ya que cuando un "influencer tech" recibe el equipo gratis antes de su lanzamiento, una transferencia jugosa por un reel de 60 segundos o es invitado a un resort con todos los gastos pagados para asistir a un lanzamiento, su intención ya está sesgada. Y ojo que todo esto no debería ser algo que obligatoriamente te haga hablar bien de algo, pero tenemos que recordar que estos "expertos" precisamente no usan la ética para la labor que desempeñan.

Esta insólita defensa corporativista disfrazada de activismo ha tenido ecos particulares en Latinoamérica en donde esos mismos influencers que no fueron demandados por Motorola (recordemos que la acción inicial se centra en India) están llamando a sus seguidores a dar a conocer lo sucedido, a compartir por todos lados sus videos de descargos, lo que inevitablemente termina en las llamadas "funas" hacia la marca por parte de los que creen en ellos, pero que terminan siendo doblemente engañados.

En estos comunicados o videos, los que se sintieron aludidos (y que no deberían si es que no tuvieran de qué temer) apelan al "derecho a opinar", desviando hábilmente la atención del hecho de que muchas de esas "opiniones" vinieron con un depósito bancario previo. Así hemos visto cómo recomiendan usar un teléfono X cuando no sueltan su iPhone o incluso alabar los televisores de tal marca que los llevó de viaje y luego hacer un video diciendo que esa misma marca engaña a los usuarios porque otra se los dijo.

En el caso chileno, no se puede afirmar que estos influencers tech reciban dinero para hablar mal de un equipo específico, pero sí existe la práctica de evitar comentarios negativos para no perder beneficios con otras marcas, desde invitaciones a eventos hasta costosos regalos. Y más allá, sin siquiera que se los pidan, hablan mal de las marcas competencia de la que les entrega cosas solo para no quedarse fuera de ese tratamiento VIP, generando un ecosistema donde la independencia editorial se diluye y el usuario engañado.

Entre el cruce de demandas y los lamentos de los influencers que ven amenazado su estilo de vida, se pierde de vista al verdadero afectado de esta historia que es el usuario final, aquellos que acuden a estos videos y publicaciones buscando orientación genuina, y terminan tomando decisiones basadas en reseñas sesgadas o directamente falsas solo por creer estar escuchando a "expertos" imparciales que analizan procesadores, cámaras y baterías de forma objetiva.

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